Ríos y mareas
Tiempo y paisaje
Arnau Horta
Surgido a finales de la década de los sesenta en Estados Unidos, el land art substituyó el museo y la galería por los espacios naturales al aire libre y las habituales herramientas del artista por diversos materiales de procedencia natural como piedras, troncos, hojas o pigmentos. Inscritos en la misma corriente de desmaterialización de la obra de arte que los representantes del arte conceptual o de la performance, los artistas del Land Art como Robert Smithson, Michael Heizer o Walter de Maria situaban su actividad a medio camino entre la creación artística y la ofrenda a la tierra, entre la reflexión ecológica y la crítica a las rígidas estructuras institucionales del arte.
Sus obras, basadas en la idea de proceso, se veían sometidas al paso del tiempo y a las inclemencias meteorológicas así como otros fenómenos naturales. Este carácter cambiante y el hecho de que la mayoría de los trabajos se encontraran en lugares apartados de los núcleos urbanos obligaban a los artistas a utilizar medios como la fotografía, el cine o el vídeo para mostrar la realización de las obras y su posterior evolución. Cuarenta años después, estos documentos son los únicos testimonios que nos quedan de ellas. Ríos y mareas, el documental que aquí nos ocupa, cumple la misma función que esas fotografías y grabaciones.
El filme, dirigido por el alemán Thomas Riedelheimer, nos descubre el mundo particular de Andy Goldsworthy, un reconocido artista que también trabaja en, para y a partir de la naturaleza. Alejadas de la monumentalidad del land art norteamericano, las creaciones de Goldsworthy son pequeñas obras efímeras y epifánicas que deslumbran por su belleza frágil y fugaz.
Utilizando únicamente piedras, hojas, madera, hielo y otros materiales obtenidos del medio natural, el artista reflexiona sobre el cambio, el nacimiento y el fin inexorable de todas las cosas. Goldsworthy levanta monolitos de piedra y construye complejas estructuras con ramas, dibuja en el suelo con pétalos y tiñe el agua de rojo con polvo de hierro.
A continuación, las corrientes, las mareas, el viento o los rayos de sol se ocupan de hacer desaparecer lentamente estas obras ante los ojos del artista que, satisfecho por la labor realizada, observa cómo la naturaleza se involucra en su arte y lo toma como propio.
El trabajo de este escultor del paisaje sólo era conocido hasta la fecha gracias a las fotografías que el propio artista toma de sus obras justo antes de que estas se desvanezcan. Introduciendo el factor tiempo, la película de Riedelsheimer nos permite descubrir con nuestros propios ojos el proceso de creación (el antes) y de destrucción (el después) de las piezas que el artista construye y levanta frente a la cámara.
Nos muestra a Goldsworthy midiéndose, al modo romántico, con la naturaleza; dando forma a sus esculturas, fracasando y volviendo a intentarlo una y otra vez hasta que, al fin, consigue sumirnos en el suspense de si el artista consegurá o no culminar sus obras, siempre al borde del colapso. El documental, que también recoge las reflexiones en voz alta de Goldsworthy, nos hace asimismo partícipes del paso inexorable del tiempo (tal como lo hacía Erice en El sol del membrillo).
A través de un cuidadísimo trabajo de cámara en el que abundan los planos secuencia y acompañando sus imágenes con la música del intachable Fred Frith, el espectador se adentra así en un lírico viaje cargado de metáforas visuales sobre la finitud y lo incierto, sobre la vida y la muerte.
(…) Fragment extret del suplement Culturas de la Vanguardia; el 6 d’octubre del 2008.